Desde Tierra del Fuego en la punta sur de Argentina y Chile cerca de la Antártida, hasta las regiones del norte de Canadá y Groenlandia en el Círculo Polar Ártico, América alberga todos los climas, tipos de vegetación y paisajes. Durante milenios, los indígenas americanos se extendieron por Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, desarrollando culturas diversas adaptadas a la geografía local. Los europeos llegaron en el siglo XV y comenzaron de inmediato a oprimir y desplazar a los indígenas americanos, a la vez que importaban africanos como mano de obra esclava para trabajar en las plantaciones. España y Portugal fueron los principales colonizadores del sur de California, Inglaterra y Francia colonizaron lo que más tarde se convertiría en EE.UU. y Canadá y las principales potencias europeas se repartieron las islas del Caribe. Los descendientes de estos pueblos, los de las posteriores oleadas de inmigración de todo el mundo y otros inmigrantes más recientes, han convertido a América en un gran mosaico de minorías étnicas y religiosas.
En toda América las mayorías blancas han insistido en la asimilación cultural y lingüística de las minorías, cuyo ejemplo más representativo quizá sea la noción de EE.UU. como "crisol de culturas". Esta expectativa ha conducido a una discriminación especial contra los inmigrantes de primera y segunda generación. Los descendientes de africanos y los pueblos indígenas tienen los menores niveles de integración, especialmente en Sudamérica, Centroamérica y el Caribe. Un reciente giro a la izquierda política en América Latina (Brasil, Venezuela, Bolivia y Chile) ha traído promesas y algunos cambios para acabar con la exclusión de las minorías, aunque la marginación continuada de los afrocubanos sirve de aviso de que la ideología política no garantiza los derechos de las minorías.
Desde el primer contacto con Cristóbal Colón, los indígenas americanos se han enfrentado a oleadas de genocidio, esclavitud, masacres y expropiaciones por la fuerza. En Bolivia, Guatemala y Perú, los pueblos indígenas aún son mayoría, pero en toda América latina sólo suponen el 11% de la población total; en Canadá y EE.UU. sólo quedan unos dos millones. Las comunidades indígenas son la población más pobre de América: su población laboral se enfrenta a la discriminación en la contratación y su población infantil no tiene acceso a la educación. Incluso en países con gran cantidad de población indígena, la exclusión del poder político en favor de las élites blancas y mestizas es un problema permanente.
La mayoría de los indígenas americanos siguen teniendo que elegir entre la integración total y la marginación extrema. En las últimas décadas, especialmente en Norteamérica, los nativos americanos se han integrado y urbanizado lejos de sus territorios ancestrales. Muchos de los que no se han integrado soportan la presión de la explotación de los recursos naturales (a través de intereses comerciales y la colonización agrícola) que ha seguido usurpándoles sus derechos territoriales. Algunas comunidades y sus líderes aún padecen la violencia, que incluye la presión de grandes terratenientes, como en Honduras, México y Bolivia, y por la proximidad a una guerra continua, como es el caso de los Wayuú a lo largo de la frontera de Venezuela con Colombia. Los gobiernos latinoamericanos han fracasado a la hora de perseguir a los causantes de la violencia contra los pueblos indígenas, incluidas matanzas a gran escala como el genocidio de casi 200.000 personas en Guatemala en la década de 1980. La creciente concienciación y organización de los indígenas en los últimos tiempos ofrecen alguna esperanza de mejora. Y aunque algunos países como Chile han tardado en proveer la representación igualitaria de los pueblos indígenas, el nuevo presidente de Bolivia es de origen indígena y Canadá ha realizado grandes progresos para conceder mayor autonomía, autogobierno, derechos territoriales y control de los recursos a los grupos indígenas.
La mayoría de los afrodescendientes que hay en América descienden de supervivientes de la esclavitud, aunque algunos descienden también de inmigrantes más recientes. Corresponden a una mayoría numérica de la población en la mayoría de islas del Caribe y minorías significativas en Brasil, Colombia, Venezuela y EE.UU. En gran parte de América Latina la falta de datos demográficos desglosados por raza es causa y efecto de la invisibilidad oficial y estadística de los afrodescendientes. Según los dirigentes de las comunidades, esta situación sólo puede superarse una vez que se hayan solucionado las enormes diferencias socioeconómicas. Efectivamente, los afroamericanos en muchos casos no tienen acceso a los servicios de sanidad, educación y justicia. Algunos países, entre los que se incluyen Brasil, Ecuador, Surinam y Costa Rica, han mostrado recientemente mejoras en lo que a la masiva infrarrepresentación política de los descendientes de africanos se refiere. En EE.UU., los afroamericanos también están muy poco representados en los órganos políticos, a pesar de algunos cargos destacados en la administración Bush y a la presencia de un afroamericano entre los principales candidatos a las elecciones presidenciales de 2008. En muchos países, incluidos EE.UU., Canadá, Cuba, Brasil y Puerto Rico (territorio de EE.UU.), los descendientes de africanos se enfrentan a una importante segregación racial. Muchos de estos países, especialmente EE.UU., tienen cifras astronómicas de encarcelamiento de descendientes de africanos respecto a su proporción en la población general.
La cuestión de derechos de minorías más destacada en el Caribe es el tratamiento de los inmigrantes de Haití y sus descendientes, que han huido de la violencia política y del desplome económico. Los haitianos que viven en la República Dominicana se enfrentan a la discriminación, explotación laboral, acceso limitado a la educación y a la sanidad, segregación racial y deportación arbitraria. La situación de la diáspora haitiana no es mucho mejor en las pequeñas comunidades diseminadas por la región: en Puerto Rico, Cuba, las Bahamas y Jamaica.
Muchos inmigrantes de Haití y América Latina huyen de conflictos, represión política y dificultades económicas en busca de la promesa de una vida mejor en EE.UU. y Canadá. Los estados fronterizos de EE.UU. se quejan de la llegada de inmigrantes que demandan servicios sociales y a menudo se culpa a los inmigrantes de las altas tasas de delincuencia. Para las patrullas de ciudadanos de derechas apostados en la frontera, los inmigrantes se han convertido el objetivo de su violencia. Recientemente se aprobó una ley de compromiso a nivel federal, apoyada por la administración Bush, que aumentaría la seguridad en las fronteras y proporcionaría una vía hacia la ciudadanía para quienes ya residen de forma ilegal en EE.UU., pero no fue aprobada por el Senado. Con la transformación de la población latina californiana en un importante bloque de votantes, la demagogia estatal contra los inmigrantes latinos (habitual en la década de 1990) se ha reducido drásticamente.
La Comisión Interamericana y la Corte Interamericana de Derechos Humanos han cobrado más importancia para los grupos indígenas y minoritarios que ejercen presión para que se reconozcan sus derechos y que demandan que se les indemnice por los abusos del pasado. Los pueblos indígenas han ganado importantes sentencias relativas a derechos territoriales y al control de los recursos en casos contra Nicaragua y Belice y algunas comunidades de afrodescendientes han ganado demandas contra Surinam y la República Dominicana. Ambos grupos esperan también poder obtener nuevos mecanismos para proteger sus derechos, como la propuesta de Declaración de Derechos de los Pueblos Indígenas de América, que está siendo elaborada por la comisión y la Convención Interamericana contra la Discriminación, que está siendo considerada por la OEA.